Justicia y Paz

 La mayoría de los pueblos indígenas siguen “encorvados”

“Un sábado estaba enseñando en una sinagoga, cuando se presentó una mujer que llevaba dieciocho años padeciendo de un espíritu. Andaba encorvada, sin poder enderezarse completamente. Jesús al verla, la llamó y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Le impuso las manos y al punto se enderezó y daba gloria a Dios” (Lc 13, 10-13)

Hna. Dorys Gilma Zorro, provincia de Guadalupe.- Me gustaría detenerme en algunos aspectos de este texto tan hermoso y que nos anima a todos y todas. Las palabras “llevaba dieciocho años... encorvada, sin poder enderezarse completamente”. Me pregunto, ¿qué son dieciocho años para una mujer? Toda la vida. Es un tiempo imperfecto; no sé por qué, pero pienso en el número 6x3, quizá un poco exagerado, pero diría que es la imperfección total, esta mujer era completamente imperfecta a los ojos del mundo. Y aquello que es imperfecto no merece ser tomado en cuenta, más bien desechado, aislado, desaparecido. Pienso en tantos hombres y mujeres que están en esta situación, a quienes vemos imperfectos, por su religión, por su condición social, por su color, por su raza, por sus ideas, por su incapacidad o capacidad...

Es increíble si seguimos buscando cuál es la imperfección en nuestro mundo, a quienes vemos o a qué cosas vemos como imperfectas. Nuestro mundo nos hace ver que lo imperfecto no tiene lugar. Pero no solamente el tiempo, simbólico o no, juega un papel importante en este texto, también está el hecho de que la mujer está encorvada. Qué significa para nosotras esta palabra “encorvada”, si tuviéramos la experiencia de estar agachados, nos llevaría a darnos cuenta de que sólo podemos mirar el suelo, y un poco a su alrededor, pero no se podría porque físicamente nos es imposible ver más allá. Qué sucede con nuestro mundo actualmente, con los pueblos que, a pesar de la globalización, la modernidad, y la tecnología avanzada, siguen siendo pobres y marginados, sufren todavía mucha hambre, continúan en una situación no solamente intelectual, sino económica y socialmente dominados. Es decir, siguen encorvados, están encorvados.

En nuestro medio rural e indígena, a pesar de la riqueza cultural de los pueblos mayas, Tsotsiles, Tseltales, vemos que tanto los hombres como las mujeres están encorvados, porque aún no pueden tener acceso a sus derechos como personas humanas. Se les niega tácitamente todo aquello que significa una buena vida: educación, salud, tierra, y producción alimenticia. Este es un gran encorvamiento, pueden posiblemente observar todo lo que trae la modernidad, pero por no poder enderezarse, no siempre aprovechan para el bien, todo lo que día a día innova nuestro mundo. Los pueblos asumen como algo natural el agachar la cabeza ya que están acostumbrados a vivir así. La experiencia de verlos decir “no lo sé”, “no sé pensar”, “no tengo pensamiento”, son frases que nos hacen descubrir que, a pesar de estar en el siglo XXI, la gran mayoría de los pueblos indígenas siguen “ENCORVADOS”. Son muchos factores que los hacen estar así: la marginación porque sus idiomas sólo se ven como algo folclórico, al igual que sus ropas, sus costumbres y celebraciones. Pero no les permiten ver más allá, antes les hacen sentir que es una vergüenza hablar su idioma, seguir sus costumbres y su cosmovisión.

Pero ¿quién es Jesús? Este Jesús va a la sinagoga, en sábado y ve a quien está encorvada. Su sensibilidad, su compasión, su visión de que una hija de Dios no puede estar durante tantos años en esa situación. Jesús no tiene topes, no está encorvado, su relación con Dios, su cercanía con su Padre, le hace estar derecho, enderezado, y le posibilita ver más allá de sí mismo, descubre la realidad que le circunda, le hace ver la necesidad del otro, le hace descubrir que otros y otras viven en sufrimiento, experimentan marginación, soledad, humillación, aislamiento, inferioridad.... Y eso le hace ser compasivo, amoroso y solidario como su Padre, a tener la fe y confianza en que aquella hija de Dios tiene derecho a ser feliz, a ver el mundo como Él lo ve.

Y es en este momento en que Jesús, llama a la mujer encorvada, la toca y le dice: “mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Han pasado años en que ella no ha tenido esperanza, se ha acostumbrado a vivir así... como los pueblos indígenas, se habían acostumbrado a vivir así... Y ahora, viene Jesús y les dice al igual que a la mujer: quedas libre de tu enfermedad... Le impone las manos y al punto se enderezó... ¡Qué alegría! ¡Bastó una palabra para que quedara sana! Sólo una palabra y Jesús la sana. Al igual con los pueblos indígenas, basta una palabra para que el pueblo se enderece y camine, descubriendo todo lo que Dios ha dado a la humanidad y de la cual ellos pueden admirar, gozar y discernir qué es lo mejor para mejorar su vida, y tener “una verdadera buena vida”. Cada pueblo podría preguntarse, si Dios le ha llamado, le ha tocado, le ha dicho: “quedas libre” y se enderezase, podría ver una gran panorámica maravillosa, pero también todo aquello que oscurece, se tiene entonces, que hacer discernimiento para ver qué es lo que da vida, y que trae muerte... Trabajo menudo para todos y todas... Cada pueblo tiene la oportunidad de ver a Jesús, experimentarlo, y vivirlo como Él experimentó a su Padre. Es el reto para todos y todas, sin discriminación, sin rechazos, de repetir: “Levántate, brilla, que llega tu luz, la gloria del Señor amanece sobre ti” y caminar transformados por Jesús, ¡para ser mejores pueblos, mejores gentes y mejores cristianos!

Personalmente podría preguntarme: ¿Cuántos años llevo encorvada? ¿Cuántos años llevo mirando solamente la punta de mi nariz? ¿Cómo me he descubierto que estoy encorvada? ¿por qué estoy encorvada? ¿Habría mil razones, mil ideas, mil pensamientos, mil acciones... mil temores, mil visiones?... y tantos otros más... Pero tengo alguien quien puede enderezarme... Alguien a quien muchas veces no escucho, no veo, no experimento... ¿Por qué no hago el ejercicio de hacer silencio dentro de mí? ¿De escuchar dentro de mi corazón? Quizá allí muy dentro escuche la voz de Dios, que me dice: ven, quiere que me acerque para tocarme, y sanarme... Quizá no sea dentro de mí, sino alguien que con su palabra motive mi vida, para ver más allá de mi misma, para salir hacia el otro, para ver las necesidades de los demás, sus preocupaciones, sus alegrías, sus esperanzas... O también tomando su Palabra, escudriñándola, para encontrar en ella el mensaje de vida que Dios nos da.

Jesús tú eres quien me llama, me toca y me sana, te agradezco el manifestarte en todo momento, a través de las personas, de los acontecimientos y de su misma Palabra. Hoy me invitas a mirar mi encorvamiento, a reconocer que sólo dejándome tocar por ti, puedo enderezarme para ver tu mundo tal como lo has construido, y no como lo hemos convertido. Por eso, es para mí un desafío discernir la llamada de Dios día a día, dejarme tocar por Él y que transforme mi vida.