Hna. Marina Mejía: "Espiritualidad de Marie Poussepin: Acompañamiento de/o entre hermanas"

on 20 Abr, 2020
Visto: 2324
DESCARGAR EN PDF:
1 ES H. Marina Mejía Descargar
 
Por HNA. MARINA MEJÍA T. (USA).- Es normal que en nuestra vida espiritual todas necesitamos acompañamiento; generalmente nos encontramos en uno de estos dos momentos: acompañar o ser acompañado, por alguien más.

Cuando hablamos de acompañamiento, en nuestra vida religiosa o espiritual, nos podemos referir a cualquiera de los dos momentos. Me parece sin embargo que en ambas situaciones los mismos principios se aplican, las mismas cualidades se esperan de nosotras y los mismos resultados serán el regalo del Señor para cada una. Mientras haya un trozo del camino por recorrer necesitamos acompañamiento, puesto que, en la economía de la Salvación, parece ser claro que nadie camina solo.

El punto principal es entonces entender por qué y cómo debe llevarse a cabo este acompañamiento.

Con frecuencia podemos desanimarnos pensando y sintiendo que estamos solas en la búsqueda del Señor y esto es sencillamente porque olvidamos la promesa del Señor, tan claramente expresada en su Palabra.

El profeta Malaquías nos recuerda que, en nuestra vida espiritual, tanto la preparación como la búsqueda misma, están en manos del Señor: “Esto dice el Señor: he aquí que estoy enviando mi mensajero para que me prepare el camino. Y de repente llegará al Templo el Señor a quien buscáis” Mal. 3,1.

Me pregunto entonces, ¿por qué preocuparnos? ¡La fe me está diciendo que todo me será dado en el momento oportuno! Sabemos sin embargo que el resultado será un hecho, sólo después de un largo y penoso esfuerzo. ¿Quién es ese mensajero? ¿Qué es lo que él o ella han de hacer? ¿Cómo los podré identificar? ¿Puedo ver claramente? ¿Quiero en verdad ver? ¿Estoy lista para aceptar lo que encontraré? ¿Por qué tiene que enviárseme un mensajero? ¿Cuál es su trabajo y su papel? ¿Acaso no puede el Señor hablarme directamente?

¡Estas y muchas otras son las preguntas de mi amor propio y mi suficiencia, que cree saberlo todo! ¡Qué cree poder enfrentar cualquier situación sola! La historia del joven Samuel que duerme en el Templo del Señor es un ejemplo claro de que alguien tiene que indicarnos el camino a seguir. Después de escucharse llamado por el Señor por tres veces en las que Samuel no pudo reconocer la presencia y acción del Señor, es el Sumo Sacerdote Elí, quien finalmente reconoce el llamado del Señor e instruye al joven Samuel para que él pueda dar la respuesta adecuada: “Habla Señor, tu siervo escucha”.

Veamos entonces la realidad de la búsqueda, en aquella situación en la me encuentro, y el esfuerzo de identificación de la voluntad del Señor en mi vida.

Gen 15,7-21

“Yahvé le dijo: “Yo soy Yahvé que te sacó de Hur de los Caldeos para entregarte esta tierra en propiedad.” Abram le preguntó: “Señor en qué conoceré yo que será mía?” Le contestó: “Tráeme una ternera, una cabra, y un carnero, todos de tres años, una paloma y una tórtola”, y tomando él los animales, los partió por la mitad y puso una mitad frente a la otra. Las aves no las partió. Las aves rapaces revoloteaban sobre los cadáveres, pero Abram las ahuyentaba. Cuando el sol estaba a punto de ponerse, Abram cayó en un profundo sueño y se apoderó de él un terror y una profunda obscuridad…. Cuando el sol se había puesto y estaba todo oscuro, algo como un calentador humeante y una antorcha encendida pasaron por medio de aquellos animales partidos. Aquel día Yahvé firmó una alianza con Abram…”

Es claro que necesitamos una seguridad, una ayuda, en la larga y penosa identificación de la ofrenda, que el Señor nos pedirá y entonces, necesitaremos no solo paciencia, sino también, comprensión, confianza y valor.

Varios pasos parecen evidentes en las relaciones de Abram con el Señor. Mirémoslos:

Es Dios mismo quien pide el sacrificio, después de que Abram quiere asegurarse que la promesa del Señor se cumplirá: “Cómo sabré que heredaré la tierra?” “Tráeme una ternera, una cabra, y un carnero, todos de tres años, una paloma y una tórtola”.

Las exigencias del Señor son claras y específicas: el material de la ofrenda será tomado de entre las posesiones de Abram: animales adultos, considerados puros y dignos de ser sacrificados al Señor. Sin embargo, el ofrecimiento actual no es suficiente; puesto que podremos preguntarnos: ¿Cómo se consumirá el sacrificio? ¿Dónde está el fuego que lo pueda consumir? ¿Cómo podrá saber Abram si la ofrenda ha sido verdaderamente aceptada por el Señor?

El hecho de ofrecer el sacrificio no es suficiente, puesto que Abram se vio obligado a hacer un acto de fe total, de confianza y a esperar hasta cuando Dios mismo proveyó el fuego, que debía consumir el sacrificio, símbolo de que Él lo aceptaba. Mientras tanto, Abram tuvo que luchar todo el día, defendiendo su ofrenda de las aves de rapiña y de todo aquello que pudiera amenazar la totalidad y pureza del sacrificio: “Las aves rapaces revoloteaban sobre los cadáveres, pero Abram las ahuyentaba.” “Cuando el sol se había puesto y estaba todo oscuro, algo como un calentador humeante y una antorcha encendida pasaron por medio de aquellos animales partidos.”

Es Dios quien solicita, quien sugiere, nuestro don y quien, en último término, elige el don que nosotros hemos de darle. ¡Es Él quien provee el fuego que ha de consumirlo! ¡Es la verdad de la totalidad de su acción en mi vida! ¡Al mismo tiempo es también la realidad de su presencia en mí y mi presencia en Él! ¡Nada sucederá sin que sea Él quien lo haga! Nada sucederá igualmente, si yo no me preocupo de defender el sacrificio, de todo aquello que amenaza destruirlo. Esta es la lección que he de aprender:
 
  • Él es quien pide el don; no es mi propia iniciativa;
  • pedirá aquello que me es más querido, más íntimo;
  • me permitirá luego hacer la ofrenda y, al mismo tiempo,
  • me pedirá esperar, hasta cuando Él mismo consume el sacrificio, hasta cuando tome posesión de él.

Es un hecho que, esas aves de rapiña que amenazaron la ofrenda de Abram, están también presentes en mi vida. Entonces, como Abram, yo me veré obligada a identificarlas, a espantarlas, para defender mi don; a menudo son tan fuertes, y a veces se esconden, se camuflan, pero son terriblemente reales en mi vida.

Es por eso que el acompañamiento es necesario: a) para ser capaz de identificar aquello que, en mí, trata de robar, de destruir parte del don, b) para utilizar las armas correctas, para ahuyentar todo aquello que amenaza mi don; preservándole así, la pureza y totalidad, hasta el momento en el que Dios mismo llegará trayendo consigo el fuego de su amor, para consumir la ofrenda que yo he tratado insistentemente de defender y proteger.

¡Es aquí donde la presencia del mensajero será clara! Cada una de las personas que aparecen en mi vida, trae consigo y me ofrece el valor que necesito para continuar la lucha y mantener el sacrificio intacto, hasta Su llegada; ¡entonces podrá ser consumido en el fuego de Su Amor!

¿Nos da Marie Poussepin direcciones claras al respecto? ¿Ella se preocupa, solamente, por la totalidad del don o también por identificar y acoger aquellos mensajeros que me darán el valor de permanecer despierta y alerta, hasta la llegada del Señor?

Marie Poussepin en sus ‘Reglamentos’ es muy clara, cuando se trata de la necesidad de las unas respecto a las otras, en este camino de la santidad, si queremos llegar al don total de nosotras mismas. Para ella, el mensajero parece ser cada una de las Hermanas en la comunidad, pero reservando el primer lugar para la Superiora.

¿Cómo presentará el mensajero su mensaje?

Demos una mirada a los Reglamentos:

Cap. 2: De la unión y Caridad de las Hermanas entre sí

La Caridad mutua, que debe encontrarse entre las personas de Comunidad, debe estar regulada por la que Jesucristo tiene por los hombres y no fundada en el parentesco o la afinidad, la conformidad de carácter o algunos beneficios recibidos o por recibir y no debe buscar sus propios intereses…

La verdadera Caridad, por el contrario, las conducirá a la cordialidad, la afabilidad, a atenerse mutuamente y a darse en todo, muestras de deferencia. Las comprometerá a soportarse mutuamente en sus debilidades e imperfecciones; les inspirará que juzguen siempre favorablemente de las acciones de las demás o a que excusen la intención, cuando no pueden justificar las acciones. Ella les dará también el valor de practicar el precepto del Evangelio que nos manda advertir a nuestros hermanos, con prudencia y dulzura, de sus defectos a fin de destruir el mal que de aquí pudiera nacer, superándose a sí mismas.

Cap. 3: De la Humildad

Considerarán a menudo sus debilidades y sus miserias y se dirán a menudo que nada merecen, sin su gracia.

Los motivos de esta virtud (humildad) llevarán a las Hermanas a no preferirse nunca a quien quiera que sea, ni interior ni exteriormente…todas estas ventajas no las llevarán jamás a elevarse por encima de nadie ni a buscar la estima y las alabanzas de los hombres…

Desterrarán de su corazón todo resentimiento, todas las emociones contra quienes les causaren esas penas.

Penetradas de estos sentimientos temerán los empleos que tienen algún brillo.

Cap. 19: De la Maestra de Novicias

Se aplicará en primer lugar, a hacerles conocer, lo más perfectamente que sea posible, a nuestro Señor Jesucristo.

Cap. 17: De las virtudes y cualidades que debe tener una Superiora

La Superiora debe estar instruida en las verdades de la salvación, para instruir en ellas a sus Hermanas… Les dará los consejos necesarios sobre lo que pudieran presentarle. Aclarará sus dudas…

Una Superiora, que ha sabido descubrir el carácter de las personas que están a su cuidado, se guardará de emplear los mismos remedios para todos los males en los que ellas puedan caer…será rápida o lenta, dulce o severa según la necesidad… Alentará a las débiles, consolará a las que, a pesar de sus buenos deseos, no dejan de caer en faltas. Sabrá llevar a las personas más sensibles, a quienes no se podría tocar sin hacerles profundas heridas.

- Que emplee con más gusto la dulzura que la severidad, y que la vista de los defectos de las otras no le haga olvidar su nada.

- La Superiora se hará un deber de no hacer jamás correcciones cuando este alterada, aunque lo fuera ligeramente. No será menos atenta a diferirlas cuando se dé cuenta que el mal humor domina a la persona que debe reprender, por temor a exponerlas a mayores faltas que las que quiere remediar.

El papel del mensajero es recordar que el Señor llega y que constantemente debemos estar preparadas para recibirlo. ¿Tenemos la fe y la confianza para aceptar estos mensajeros que solo están tratando de ayudarnos a alejar esas aves de rapiña que tratan de destruir el don antes de la llegada del Señor?

Cap. 3: Sobre la Humildad

Nos recuerda:

- La humildad todo nos lo hace fácil, porque ella atrae las miradas de Dios sobre nuestra oración, hace descender sobre nosotros los socorros del cielo y nos hace dueños de nosotros mismos. Compromete al Señor a acordarse de nosotros en nuestras miserias y a librarnos de nuestros enemigos.

… que no pierdan jamás el recuerdo de las cosas que Él ha mandado; que repasen a menudo, en su espíritu, que Él mismo será la recompensa de aquellos que le aman y le sirven”

… Tomarán a buena parte, las advertencias que se juzgue oportuno hacerles. Estamos sujetas a una infinidad de defectos. Hay orgullo en entristecerse demasiado considerablemente de las faltas que nos suceden y sobre todo en abismarse en la tristeza y el desaliento por cosas que Dios está dispuesto a perdonarnos… y que, si tienen éxito en algo, no es sino por la gracia de Aquel que es el Autor de todo bien”

…La humildad es como el cimiento de todo el edificio espiritual”.

Cap. 2: De la unión y la Caridad de las Hermanas entre sí

De nuevo nos recuerda:

“… La verdadera Caridad las conducirá a la cordialidad, la afabilidad, a atenderse mutuamente y a darse en todo, muestras de deferencia. Las comprometerá a soportarse mutuamente en sus debilidades e imperfecciones. Les inspirará que juzguen siempre favorablemente de las acciones de las demás o a que excusen la intención, cuando no pueden justificar sus acciones”.

Es evidente que este trabajo de santificación pedirá, a cada una de nosotras, la perseverancia ayudada y animada por el mensajero que anuncia la presencia del fuego que ha de consumir el don.

¡Sin embargo, la perseverancia no es suficiente! Debe estar precedida por la honestidad y verdad totales en nuestra vida.

El don original, con toda su pureza y entusiasmo, debe estar presente hasta el final; de otra forma querrá decir que las aves de rapiña han sido capaces de dañar y robar partes del don.  La perseverancia nos dará el amor, la confianza y la certeza capaces de mantenernos despiertos, hasta la llegada del Señor.

Yo sé, sin embargo, ¡que mi amor está alimentado por la fe y la confianza en su Promesa y sostenido por la certeza de su Amor y su Fidelidad!

¡Existe una actitud de perseverancia que sólo la da el amor! El rey David es un ejemplo claro en el salmo 132,1-5:

“Señor, tenle en cuenta a David su fervor,
cuando le hizo un voto al Señor, al Fuerte de Jacob:
no entraré bajo mi techo, no me acostaré en mi lecho.
no daré sueño a mis ojos, ni descansarán mis párpados.
hasta que halle casa para el Señor y habitación para el Fuerte de Jacob”.
 

¡Esta actitud del rey David es la que cada una de nosotras teníamos el día de nuestra Profesión Religiosa!

Sin embargo, no podemos olvidar la respuesta dada a David por el Profeta Natán: “¿Eres tú quien me construirá una casa, para que Yo habite en ella?... ¡el Señor también te revela que es Él quien te construirá una casa”!

¡Es pues bien claro que la obra de mi santificación no será el resultado de mi trabajo! ¡El Señor realizará todo el trabajo a través de mis hermanas, de mi comunidad, preparando así, su llegada a esa casa que Él mismo se ha construido!

Pidamos al Señor que nos ayude, a cada una, a asumir esta actitud, a gastar el resto de nuestras vidas defendiendo y protegiendo nuestro don, ¡hasta cuando el fuego de Su amor pueda consumirlo para Su mayor gloria! ¡Convencidas que cada persona, que encontramos en nuestro camino, es un mensajero de su amor y su preocupación por nosotras! Ayudándonos a creer y a aceptar que, a través de ellas, el Señor mismo está construyendo esa casa, ¡en la que ha de habitar para siempre!

Entonces aceptaremos todos los mensajeros que su amor envíe a nuestras vidas. Conoceremos, con seguridad, que la promesa del Señor, como a Abram, se cumplirá. ¡Recibiremos la tierra prometida!  Y, en la medida de lo posible aquí en la tierra, realizaremos el deseo de nuestra Madre Fundadora para cada una de sus hijas de:

“Conocer a Jesucristo y sus misterios”.